Gane quien gane, Lima sigue siendo un desierto

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Alejandro Mirones
12 de octubre, 2026

La elección por la Municipalidad de Lima todavía no está cerrada. Al 12 de octubre, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) había contabilizado el 92.919 % de las actas, con Renovación Popular en primer lugar (27.714 %) y Avanza País a menos de un punto porcentual (26.883 %). Las 1866 actas restantes están en manos de los Jurados Electorales Especiales y, según el presidente del Jurado Nacional de Elecciones, los resultados definitivos se conocerían recién en la primera semana de noviembre.

Pero hay algo que ningún resultado electoral cambiará: quien asuma el 1 de enero gobernará una ciudad asentada en un desierto, con escasas áreas verdes, un abastecimiento de agua que depende de fuentes amenazadas y un verano que podría ponerla a prueba.

Por eso, vale la pena preguntarnos qué hemos aprendido de estos años de gestión municipal frente a la crisis ambiental de Lima. Una buena parte de la respuesta está en sus árboles.

La obra de mejoramiento del Campo de Marte ―el área verde pública más importante y extensa de la Lima céntrica―, valorizada en más de S/26 millones, comenzó en noviembre de 2025 y debía terminar en mayo de 2026. El Fondo Metropolitano de Inversiones (Invermet) resolvió el contrato por los retrasos y el escaso avance de las labores de mitigación ambiental. Según denunció el colectivo Salvemos el Campo de Marte, el parque llevaba más de cinco meses sin riego y la obra no contemplaba una partida para mantenerlo. El mismo colectivo contabilizó 63 árboles muertos.

No es un caso aislado. En la Vía Expresa Norte, la Empresa Municipal Administradora de Peaje de Lima (Emape) informa del traslado de más de 2000 árboles de la avenida Universitaria, pero aún hace falta conocer cuántos sobrevivieron y dónde fueron reubicados. Trasladar un árbol no equivale a conservarlo.

Un árbol adulto no se reemplaza plantando otro. Necesita años, a veces décadas, para desarrollar una copa que dé sombra, capture contaminantes, almacene carbono y ayude a regular la temperatura. Por eso, una política urbana no puede medirse únicamente por la cantidad de árboles sembrados.

Sin embargo, esa sigue siendo una de las métricas dominantes. La Municipalidad exhibe los resultados de Lima Verde y Francis Allison, candidato de Avanza País, ofreció sembrar 400 000 árboles. Se habla mucho más de plantar que de conservar los ejemplares adultos que ya tenemos. Además, ni siquiera contamos con un inventario completo: el registro municipal abarca 275 972 árboles en apenas 21 de los 43 distritos de Lima.

La misma lógica aparece frente al tráfico. Allison propuso cuatro pasos a desnivel en la Vía Expresa Sur, una obra que CooperAcción cuestionó por presentar al ambiente como una traba para la movilidad. Así, más allá de quién asuma la alcaldía, persiste el riesgo de seguir construyendo una ciudad que considera el espacio verde como el sobrante de una obra.

En una ciudad desértica, un árbol sin agua es un árbol condenado. Lo ocurrido en el Campo de Marte es solo la expresión más visible del problema. En Los Olivos, el alcalde distrital advirtió que las obras de la Vía Expresa Norte ponían en peligro el sistema de riego tecnificado del que dependen sus parques.

Renovación Popular incluyó en su plan de gobierno la construcción de 20 plantas de tratamiento para reutilizar aguas servidas en el riego de áreas verdes. Es una propuesta que la próxima gestión debería recoger y desarrollar. Pero el agua de Lima no se juega solamente en sus parques: también depende de las cuencas y lagunas que abastecen a la ciudad.

El sistema Marcapomacocha, que trae agua desde la cuenca del Mantaro a través del túnel trasandino, aporta alrededor del 62 % del agua que consumen Lima y Callao durante la época seca. En ese ámbito se encuentra el proyecto minero Ariana, cuestionado por los riesgos que podría representar para el sistema hídrico que abastece a la capital.

Río abajo, la cuenca del Rímac arrastra una larga historia de contaminación y pasivos ambientales mineros. Un estudio de 2024 encontró en varios puntos concentraciones de arsénico y cadmio por encima de los estándares establecidos.

Es cierto que el alcalde de Lima no otorga concesiones mineras ni administra el Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Lima (Sedapal). Pero tampoco puede gobernar como si los límites administrativos de la ciudad fueran los límites de sus responsabilidades ambientales. El agua que llega a los hogares depende de cuencas, lagunas, bofedales y territorios mucho más allá del Cercado. Gobernar ambientalmente Lima exige mirar hacia esas fuentes y asumir un papel activo en su protección. Una gestión que hable de árboles, pero calle sobre Marcapomacocha, estará cuidando las ramas y olvidando la raíz.

Y hay un riesgo que no esperará a la proclamación de los resultados electorales. En su comunicado del 28 de setiembre, la Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño (ENFEN) mantuvo la alerta por El Niño Costero y estimó una alta probabilidad de que alcance una magnitud extraordinaria hasta enero de 2027. El fenómeno podría prolongarse, con menor intensidad, hasta el otoño de ese año. Para el trimestre de octubre a diciembre se proyectan lluvias superiores a lo normal en la costa central y posibles récords de temperatura.

Las nuevas autoridades asumirán en plena temporada de riesgo, con posibles lluvias intensas, deslizamientos y temperaturas excepcionalmente altas. Pero la prevención no puede esperar al cambio de mando: también es responsabilidad de la gestión que se va. Lima es un desierto que también se inunda, y una ciudad que impermeabiliza sus suelos, ocupa sus cauces y pierde su sombra queda más expuesta tanto a las lluvias como al calor. La primera prueba ambiental de la próxima gestión será un verano.

Por eso, la agenda ambiental de Lima no puede reducirse a sembrar árboles. La próxima gestión deberá completar el inventario de arbolado y proteger los ejemplares adultos, garantizar el riego y mantenimiento de las áreas verdes durante las obras públicas, transparentar cuántos de los árboles trasladados sobreviven y prevenir los riesgos en quebradas y cauces antes de que lleguen las lluvias. También tendrá que comprometerse con la protección de las fuentes de agua, desde Marcapomacocha hasta la recuperación del Rímac, y atender problemas como la contaminación del aire en Lima Este y la pérdida de lomas frente al tráfico de terrenos.