Y a pesar de todo, el petróleo sigue en el centro de la geopolítica

Una vez más, el petróleo está detrás (o adelante) de decisiones geopolíticas. La acción militar de EE.UU. sobre territorio soberano de Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, que ejercía como presidente desde 2013, tiene como uno de sus ejes explícitos el control de las mayores reservas de petróleo del continente.
Esta no es una teoría o la conclusión de algún sesudo análisis: son las palabras textuales del presidente norteamericano. “Lo que necesitamos es acceso total. Acceso total al petróleo y a otras cosas en el país que nos permitan reconstruirlo”. “Vamos a hacer que nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, entren, inviertan miles de millones de dólares, reparen la infraestructura petrolera”. No son frases que dejen mucho margen para la interpretación.
Mientras sigue la intensa discusión sobre la intervención militar norteamericana, sobre la dictadura en Venezuela y sobre soberanía, democracia y derechos humanos, yo quiero hacer una reflexión distinta: ¿qué significa que en pleno año 2026, el petróleo siga estando en el centro de la geopolítica mundial?
Hace solo un mes, en la COP sobre cambio climático en Brasil, todos los países del mundo (excepto EE.UU., que no envió delegación oficial) discutían acerca de la necesidad de una hoja de ruta para el abandono de los combustibles fósiles. Y si bien la oposición de países como Rusia y Arabia Saudita impidió llegar a un consenso, lo cierto es que decenas de países estaban de acuerdo con ello. Para abril este año, los gobiernos de Colombia y Países Bajos han convocado a una conferencia internacional para avanzar hacia un acuerdo global al respecto.
Estos avances diplomáticos no hacen sino expresar lo que la ciencia dice: quemar petróleo y otros combustibles fósiles es la principal causa del cambio climático que está ocasionando inundaciones, sequías, pérdida de cultivos, expansión de plagas, derretimiento de nevados y otros impactos graves. La ciencia es clara: dejar de usar combustibles fósiles para generar energía es la única manera de detener el colapso climático en marcha.
Sin embargo, como muestra el caso de Venezuela, la geopolítica “de verdad” sigue girando en torno al control de los combustibles fósiles. Este elemento también se menciona con frecuencia en los análisis sobre la geopolítica rusa (el control de las rutas de suministro de gas ruso hacia Europa), Oriente Medio (el control de las rutas de gas y petróleo entre Turquía, Siria, Asia Central, la península arábiga, Irán, etc.), y el creciente interés en torno al control del círculo polar ártico, etc. Estas disputas por el control de los suministros de energía están llevando al mundo a un escenario bélico cada vez más peligroso.
Este desfase entre la agenda de la diplomacia climática y la ciencia climática, y la agenda geopolítica de las potencias militares, merece una reflexión mayor. Aún estamos muy lejos del consenso de la descarbonización, como en algún momento se planteaba. Ni siquiera los avances notables en el abaratamiento de las energías no-petroleras han logrado desinflar el interés geopolítico en el control de los yacimientos de gas y petróleo.
Hoy, la introducción de camiones de carga eléctricos en China ya está desplazando el consumo de un millón de barriles de petróleo diarios, y los paneles solares chinos están inundando África y Asia. Con los avances en electrificación, la propia empresa estatal china CNPC estima que la demanda de petróleo en ese país va a empezar a reducirse desde 2030, mientras que la refinería Sinopec estima que dicha demanda alcanzaría su punto máximo en 2027.
Sin embargo, la geopolítica aún no se entera, y seguimos anclados en guerras por el control de los hidrocarburos. Y es que la transición energética, más allá de sus aspectos ambientales o económicos, tiene un aspecto clave para el poder: permite romper los oligopolios de la energía. El sol brilla para todos y el viento sopla en todas partes, a diferencia del petróleo y el gas que se pueden controlar. Y si bien hay una discusión sobre el control de los suministros minerales necesarios para las tecnologías de la electrificación (cobre, litio y otros), en todo caso estos suministros se requieren solo en una etapa inicial, la de la fabricación: durante su uso, que puede durar décadas, las llamadas energías renovables significan independencia frente a los oligopolios y frente a la disputa geopolítica y militar por el control de los yacimientos de hidrocarburos.
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