“Los accidentes ocurren”

Paul E. Maquet

El argumento de los sectores extractivos ante las críticas ambientales ha sido, con frecuencia, que las empresas modernas no contaminan, que los proyectos tienen todo previsto y que la tecnología es capaz de resolver todos los peligros y mitigar todos los impactos. Pero el desastre ecológico de Repsol en Ventanilla nos ha mostrado que eso no es tan cierto y que, como en las mejores películas de la mafia, “los accidentes ocurren”.

Imagen: El país

Un volcán a casi 10 mil kilómetros de distancia, una Marina de Guerra que no alertó de los oleajes anómalos y una empresa sin planes de contigencia (como lo denunció ayer la presidenta del Consejo de Ministros) parecen el coctail para un desastre. En este caso, debe aclararse en las instancias pertinentes cuál es el nivel de responsabilidad de cada actor, y por supuesto que debe sancionarse con la mayor firmeza a los culpables.

Pero una vez producido el desastre, poco solucionan las multas y sanciones. Miles de pescadores sin empleo durante meses, decenas de miles de aves, peces y otros animales marinos afectados: es difícil ponerle precio al daño generado.

Hay otros fenómenos, bastante predecibles, que generan riesgos en nuestro país: por ejemplo, los terremotos, las lluvias intensas y el recurrente fenómeno de El Niño. Todas estas amenazas pueden a su vez causar graves desastres ambientales si es que hay actividades que acumulan sustancias tóxicas o peligrosas en zonas de riesgo o de interés ambiental.

Por ejemplo, los depósitos de relaves ubicados cerca de la ribera del Rímac en Tamboraque, que podrían colapsar con un terremoto o un episodio de lluvia intensa. El mismo riesgo existe si es que la empresa Ariana llevara a cabo su polémico proyecto minero, cuyos relaves se depositarían muy cerca del túnel trasandino Cuevas-Milloc que es vital para el abastecimiento de agua en Lima.

Riesgos similares existen en otros casos, por ejemplo, cuando se pretende colocar relaveras en valles agrícolas que abastecen de alimentos a miles de personas y generan decenas de miles de puestos de trabajo. Son los casos de Tía María y de Tambogrande, por ejemplo.

El argumento de que “el riesgo no existe” porque “la tecnología ya ha previsto todo” es probadamente falso. Un fenómeno natural o un error humano, o un riesgo que no ha sido adecuadamente previsto en los estudios ambientales, son hechos que pueden ocurrir, y negarlos o ponerlos debajo de la alfombra no es la manera más honesta de proceder. Más aún en un país que tiene deficiente información científica sobre su territorio (por ejemplo, tenemos pocos mareógrafos en comparación a los países vecinos, y lo mismo ocurre con las estaciones hidrológicas y meteorológicas).

Por ello, es impostergable el ordenamiento territorial que establezca qué se puede hacer y en dónde, atendiendo a las características ambientales de cada territorio. Además, es importante poner de relieve el principio precautorio y poner en una balanza los riesgos y beneficios de una actividad o de un proyecto en un territorio. ¿Cuáles son los riesgos? ¿Cuáles son los beneficios? ¿Vale la pena? En algunos casos la respuesta será positiva y en otros negativa. Pero no podemos aceptar el discurso empresarial de que “siempre vale la pena” porque “todos los riesgos están previstos”.

20 de enero de 2022