¿Pesimismo u optimismo climático?

Termina otra COP climática y la sensación de pesimismo nos invade. Una vez más, la reunión anual de los países parte de la Convención sobre Cambio Climático falla en su único trabajo. Solucionar el problema del cambio climático causado por las actividades humanas exige detener las emisiones de gases de efecto invernadero, que en más de 80% se deben a la generación de energía mediante la quema de combustibles fósiles como el petróleo, el carbón y el gas. Así pues, mientras los acuerdos de las COP no definan la ruta concreta para una transición para dejar atrás los combustibles fósiles, tenemos razones para sentirnos pesimistas.
La COP de Belém, realizada hasta el sábado 22 en Brasil, no logró que los países participantes aprobaran una hoja de ruta para el abandono de los combustibles fósiles. Pese a que unos 80 países estaban de acuerdo con ello, el bloqueo por parte de países petroleros y gasíferos como Rusia y Arabia Saudita impidió concretar esta tarea, dada la regla del consenso que funciona en esta instancia. Este es un pendiente desde 2023, cuando durante la COP de Dubái los casi 200 Estados presentes acordaron un texto final que mencionaba de manera explícita una transición para “alejarse de los combustibles fósiles en los sistemas energéticos de manera justa, ordenada y equitativa, acelerando la acción en esta década crítica, a fin de lograr el cero neto para 2050, de acuerdo con la ciencia”.
El texto final de Belém, en tanto, no logra mencionar ni siquiera las palabras “combustibles fósiles” y regresa al lenguaje genérico de la “carbono neutralidad”, lo que en sí mismo es un retroceso frente a lo que ya se había logrado en Dubái.
Son ya 30 años, 30 conferencias de las partes esperando que los gobiernos del mundo asuman la responsabilidad de actuar según lo que dice la ciencia: quemar combustibles fósiles nos hace daño a todos pues lleva al colapso el sistema climático cuya estabilidad ha permitido el florecimiento de la civilización humana. Pero como economías adictas, como alcohólicos que saben que el vicio les hace daño, pero aún así no pueden dejarlo, en estos 30 años los gobiernos que han ido pasando -de derecha o de izquierda- han sido incapaces de tomar decisiones firmes.
Y en ese tiempo, la crisis climática no ha hecho sino empeorar. En los últimos dos años, la temperatura promedio global ya ha estado 1.5 °C por encima de las condiciones naturales (preindustriales), lo que indica que la meta más ambiciosa del Acuerdo de París (no sobrepasar ese límite) ya ha fallado. Los efectos ya los estamos sufriendo: ciudades que se quedan sin agua con sequías nunca antes vistas (pasó en Uruguay y ahora en Irán se discute la necesidad de evacuar a millones de personas por esa misma razón), fenómenos climáticos extremos cada vez más frecuentes (huracanes, inundaciones, olas de calor), colapso de cultivos como el ocurrido en la India el verano pasado a causa del calor, desaparición de nuestros nevados, incendios forestales que se vuelven el mismo infierno… Y esto es solo el comienzo: las tendencias actuales llevarían a que la temperatura suba incluso hasta 3 o 4 °C para fin de siglo si no somos capaces de detener lo antes posible las peores consecuencias de esto.
Pero frente a la irresponsabilidad de gobiernos, el lobby de la industria petrolera y el aceleramiento de la crisis climática, nos permitimos también una dosis de esperanza.
El abandono de los combustibles fósiles no es ya una lejana posibilidad: es algo que ya está en marcha. Hay mucha acción climática en el mundo, aunque no esté en los salones de las sesiones plenarias de las COP.
Ya hoy mismo, la introducción de camiones de carga pesada movidos con electricidad está desplazando, en China, el consumo de un millón de barriles de petróleo al día. En Europa, la generación de electricidad a partir de combustibles fósiles ha caído a menos de la tercera parte del total, y la mayor parte de la electricidad procede ahora de fuentes de energía renovables. Incluso en Texas, un estado que uno se imagina como la Meca del petróleo, la penetración de la energía renovable llega a un 38% del total, con un crecimiento muy rápido en los últimos años. Y es que, más allá de las ideologías políticas, los costos son muy atractivos: el costo de generar electricidad con paneles solares ha caído en 90% en la última década.
Pero no todos los cambios son tecnológicos: algunos lo son también en las formas de organizar la sociedad. Por ejemplo, en París, una ciudad de alrededor de 10 millones de personas, la apuesta fuerte de la Municipalidad por la movilidad sostenible ha llevado a que ya hoy haya más ciclistas que automovilistas, lo que también incide en la reducción del uso de combustibles. Las ciudades de Holanda y los países nórdicos también son ejemplos de este modelo que pone la movilidad sostenible en el centro.
Los resultados de esta combinación de factores se empiezan a sentir. Las cifras indican que en China las emisiones de gases de efecto invernadero ya habrían llegado a su pico, pues están estancadas o en descenso en los últimos 18 meses. En Europa también: en 2024, la Unión Europea redujo sus emisiones de gases de efecto invernadero entre un 2.2% y un 2.5% con respecto a 2023. Incluso en EEUU, el gran ausente en la COP, se calcula que los estados miembros de la US Climate Alliance han venido reduciendo sus emisiones en los últimos años.
Todo esto aún es muy insuficiente, muy lento, y a este ritmo aún la temperatura seguirá creciendo por varias décadas. Sin embargo, muestra algo: la transición energética ya empezó y cada vez es más viable y realista un abandono de los combustibles fósiles.
Además, todo esto está atado a otras conversaciones: el cobre, el litio y otros elementos que se utilizan más intensivamente en las tecnologías energéticas y en especial en la industria automotriz (los vehículos eléctricos que ya representan casi la cuarta parte de las ventas a nivel global), implican una extracción exacerbada en los territorios donde se encuentran los yacimientos, con potenciales impactos muy negativos para las comunidades y poblaciones locales. Frente a esta discusión, en la última COP se acordó la creación de un Mecanismo de Transición Justa o Mecanismo de Acción de Belém (BAM), uno de los principales logros de las negociaciones en Brasil.
Este proceso de transición energética en marcha gana cada vez más apoyos explícitos. En la COP, una carta firmada por unas 150 empresas y entidades empresariales exigió a los gobiernos una hoja de ruta para acelerar la implementación de una transición para dejar atrás los combustibles fósiles. Además, 24 países apoyaron la Declaración de Belém con la misma exigencia. En ese marco, Colombia y Países Bajos anunciaron que en abril del próximo año convocan de manera conjunta a una conferencia internacional para el abandono de los combustibles fósiles, lo que podría ser la estocada final: si decenas de países anuncian próximamente un acuerdo (más allá del “consenso” de las COP) para el abandono gradual de los combustibles fósiles, con un cronograma y metas concretas, el futuro de esta nociva actividad extractiva estaría claro. Para bien de la humanidad y de las demás especies que nos acompañan en este viaje.
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