Lecciones de la guerra: la transición ecológica como asunto de seguridad nacional

Paul E. Maquet

Nuevamente los misiles surcan los aires y las explosiones dejan cientos de muertos. Pero junto con la tragedia humana que esto significa, y junto con nuestra indignación por la enésima violación del derecho internacional por parte de los señores de la guerra, lo que ocurre hoy en el mundo nos deja una lección muy clara: la transición energética, en particular, y la transición ecológica en general, son también un asunto de seguridad nacional.

La interrupción del suministro de combustibles por el estrecho de Hormuz ha disparado los precios del petróleo, que han subido un 10%. Lo mismo ha ocurrido con el gas, que ha subido hasta 45% en Europa luego de que Qatar paralizara su producción de GNL.

Pero no es solo el petróleo en forma de combustible: por el estrecho de Hormuz circulan también buena parte de los insumos para los fertilizantes sintéticos, como la úrea y el azufre. Algo similar ocurrió en 2022 cuando se inició la invasión rusa a Ucrania, siendo ambos países exportadores de fertilizantes: los precios para América Latina subieron hasta más de 100%.

Sin ir tan lejos, en nuestra propia región tenemos un ejemplo en extremo elocuente: los envíos de petróleo a Cuba han sido bloqueados por orden de EE.UU., lo que ha llevado a la isla a una crisis energética muy grave. En las últimas semanas, han circulado informaciones sobre la instalación acelerada de paneles solares chinos para la generación de electricidad. Una crisis que se podría haber evitado a tiempo si no se hubiera generado durante años esa distorsionada dependencia del petróleo venezolano barato y, por el contrario, se hubiera planificado una transición energética hacia fuentes renovables.

El mensaje es claro: en un mundo cada vez más inestable, se vuelve una amenaza a la seguridad nacional el depender de suministros que pueden ser fácilmente interrumpidos por guerras u otro tipo de fenómeno.

A diferencia de los hidrocarburos, que se encuentran en yacimientos específicos y en países determinados, el sol y el viento no pueden ser controlados por imperios ni por oligopolios. El sol brilla para todos por igual, el viento sopla libremente y no existe portaviones que los puedan detener. La soberanía se defiende mejor con autonomía energética.

Es muy probable que ese haya sido el análisis que llevó a los chinos a apostar fuertemente por las energías alternativas. El incremento destacado de la instalación de energía solar y eólica, sumado a la electrificación de su transporte (desde autos y buses hasta transporte de carga pesada) han evitado el crecimiento de la demanda de petróleo en más de 1.2 millones de barriles diarios desde 2019. Más allá de sus compromisos climáticos y la innegable verdad científica sobre los impactos ambientales de la quema de combustibles, las matemáticas son sencillas: si no eres un gran productor de petróleo, es buena idea no ser dependiente del petróleo.

Pero como decíamos arriba, esto va más allá de la energía. Un sistema agrícola altamente dependiente de fertilizantes e insumos sintéticos derivados del petróleo es tremendamente vulnerable. Es condenarnos al hambre ante una interrupción inesperada en las cadenas de suministro global.

En contraste, un sistema agroecológico cuya productividad está impulsada por la regeneración de la fertilidad natural del suelo y por fertilizantes orgánicos producidos mediante el reaprovechamiento de los residuos sólidos (desde el compostaje de la materia orgánica del propio sistema agropecuario y alimentario, hasta el tratamiento de aguas residuales urbanas o el uso de restos de pescado, por poner algunos ejemplos) es un sistema altamente seguro, autónomo y soberano. Un sistema que no depende de ninguna cadena de suministros, sino que se puede abastecer con insumos nacionales y, en gran medida, en los propios territorios donde se realiza la producción agropecuaria.

Estos dos ejemplos, energía y alimentación, nos muestran con toda claridad que la transición hacia sistemas más ecológicos (energías limpias y agroecología) no es solo un tema ambiental ―que por supuesto que también lo es― sino además un tema de seguridad nacional estratégica en momentos de tensión geopolítica. Si nuestros políticos no quieren entender la urgencia ambiental y climática, al menos que escuchen este argumento, sabiendo que el Perú es un país netamente importador de petróleo, pues nuestra producción es pequeña y no abastece nuestra demanda.

Por cierto, ¿qué están diciendo los candidatos en estas elecciones? ¿Acaso alguno está hablando una transición ecológica en serio, que nos garantice soberanía energética y alimentaria?

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