La debida diligencia “al revés”
Hace tiempo que se viene discutiendo sobre la demanda de minerales para sectores como la transición energética y las tecnologías digitales. Pero cada vez está más claro que otro de los sectores que impulsa la extracción de minerales es el de la guerra. ¿Cuál debe ser la posición de países como el Perú, de donde se extraen estos minerales? ¿Simplemente “negocios son negocios”? ¿O nos debe interpelar el hecho de que nuestros minerales se usen para matar niños en países lejanos?
Cuando hablamos de sus usos pacíficos, es ya un consenso que los nuevos minerales “estratégicos” o “críticos” tienen alta demanda para la fabricación de las nuevas tecnologías. Además del cobre y el litio, que son claves para la electrificación y las baterías, hay una serie de minerales de creciente demanda relacionada con estos sectores. El vanadio y el cobalto se usan en las baterías, el galio, germanio, telurio e indio en el campo de la óptica y células solares, el talio en los semiconductores[1].
Pero algo de lo que no se discute lo suficiente es cómo la industria bélica es uno de los factores clave detrás de esta demanda, pues se utilizan en los drones, radares, sensores infrarojos, armas guiadas de alta precisión, etc.
Según un reciente artículo del periodista mexicano Víctor Lomelí,
“El vínculo entre gasto en defensa y minerales críticos se entiende mejor cuando se observa el uso final. La lista de materias primas críticas responde a necesidades concretas de manufactura avanzada. Ahí aparecen materiales para estructura, resistencia térmica, electrónica de alta velocidad, almacenamiento de energía, guiado, propulsión y blindaje”.
En detalle, el cobalto se usa para los motores a reacción, el platino en los recubrimientos de los misiles, el tungsteno en municiones, blindaje, boquillas de cohetes, cañones y artillería; el germanio se usa sensores infrarrojos y sistemas de visión nocturna; el litio en radios, lentes nocturnos, drones, satélites; y las tierras raras se usan en bombas, sensores, radares, navegación, apuntado, propulsión de embarcaciones y drones, así como en visores y displays de casco.

Dado el creciente escenario bélico mundial, con un gasto militar que no para de aumentar, la demanda de estas tecnologías ―y de los minerales que utilizan― no va a parar de crecer en los próximos años. “En 2017, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos (como se conocía entonces) utilizó 750 000 toneladas de minerales en armas, y esto fue antes del actual genocidio en Gaza y de la renovada intensificación de la agresión militar por parte de las potencias imperiales en los últimos años”, señala un documento de la red “Yes to life, not to minning”. La actual escalada que involucra los escenarios bélicos entre Rusia y Ucrania, entre EEUU e Israel versus Irán, y las crecientes tensiones geopolíticas en toda la región euro-asiática y la disputa por la hegemonía entre China y EEUU, todo ello indica que estos volúmenes demandados de materias primas para la guerra no van a disminuir.
La pregunta es, ¿cuál es el rol de un país como el Perú? La pregunta es válida: ¿estamos de acuerdo con el hecho de que nuestros territorios sean minados y explotados, con todos los conocidos riesgos de contaminación e impactos ambientales, sociales y a la salud que ello puede implicar, para que esos minerales que salen de las entrañas de nuestros Andes sean utilizados para bombardear escuelas y matar civiles en diversas partes del mundo?
Desde aquí lanzamos una humilde propuesta. Así como diversos países del norte global están discutiendo normas sobre “debida diligencia”, que implican que las empresas deben asegurarse de que en su cadena de suministros no se produzcan afectaciones a los derechos humanos, ¿por qué nosotros no impulsamos una debida diligencia “al revés”? Me explico: podríamos obligar a las empresas que compran nuestros minerales a asegurar y garantizar, con la trazabilidad requerida, que sus clientes no sean empresas que producen armamento que puede ser usado para las guerras en curso. Ni un átomo de mineral peruano debe ser utilizado para matar niños en Irán, Palestina, Ucrania o en cualquier otro frente de conflicto.
Ello, además de ser coherente con una visión de promoción de la paz a nivel internacional, podría bien enmarcarse en una doctrina de “No Alineamiento Activo” (véase Fortín, Heine y Ominami, 2020): no queremos proveer de minerales a las bombas de EEUU, de China, de Rusia, de la OTAN, ni de ninguno de los países en conflicto actual o potencial. Nuestros minerales deben ser utilizados, si acaso, solo para el bienestar y el buen vivir, para la cooperación internacional en un horizonte de paz, y no para la guerra.
[1] Si bien el Perú no aparece en el mapa de países exportadores de estos nuevos minerales estratégicos, una investigación de CooperAcción demostró que varios de ellos sí salen de nuestro país dentro de los concentrados de cobre y zinc, pero no se declaran (CooperAcción, 2024).
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